Hay horizontes que se graban en la retina y Cádiz tiene uno de los más bellos del mundo. Desde aquí, la Catedral no es solo un edificio; es un vigía que contempla el encuentro de los vientos de levante y poniente sobre la piedra ostionera.
He querido capturar ese contraste eterno: la verticalidad de las palmeras desafiando la gravedad, el abrazo blanco de los patios gaditanos a su basílica y ese azul, que es el único azul que existe cuando el sol decide iluminar la Tacita de Plata con toda su fuerza. Una toma para recordar que, a veces, la inmensidad cabe en la palma de la mano.
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He querido capturar ese contraste eterno: la verticalidad de las palmeras desafiando la gravedad, el abrazo blanco de los patios gaditanos a su basílica y ese azul, que es el único azul que existe cuando el sol decide iluminar la Tacita de Plata con toda su fuerza. Una toma para recordar que, a veces, la inmensidad cabe en la palma de la mano.
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