Conocí esta pequeña joya en los años anteriores a 1992 cuando construimos la autovía Málaga Antequera y siempre que viajo a Málaga recuerdo esa etapa de mi vida profesional.
Y me ha hecho recordar esto que escribí hace años.
Me gusta pasear tranquilamente por los cementerios, detenerme a leer las lápidas, las dedicatorias, las fotografías que adornan las tumbas, todas iguales, todas diferentes. El fotógrafo debió hacer una fortuna a pesar de que el Photoshop es relativamente reciente. Hizo una foto de hombre y otra de mujer, les puso un marco ovalado y luego ligeros retoques, barba o gafas, pelo largo o corto, papel sepia y con algún retoque más, ya tenemos identificada a toda la parroquia.
Respiro paz y me invita a pensar en algo diferente a la rutina diaria. Incluso en cosas alegres y no es raro que acabe soltando una reprimida carcajada cuando doy rienda suelta a mi imaginación sin ánimo de faltar al respeto: No te olvidamos (y lo olvidaron una vez que cobraron la herencia; tu desconsolada esposa (que enseguida recobró el consuelo y la sonrisa con el vecino del bigotillo); tu fiel servidora (que solamente servía de suplente en los combates del tálamo) y en el epitafio revela un estatus social elevado; tus hijos y nietos…
Verdaderas obras de arte en algunos panteones y mausoleos de aristócratas y artistas de la farándula, que invitan a morirse para descansar eternamente en esos palacios mortuorios llenos de despojos (algunos ya lo eran antes de alojarse eternamente en ellos).
No me gusta nada, sin embargo, asistir a los entierros. Despedir para siempre a un ser querido es muy duro y más cuando uno ya está jugando la prórroga del partido de la vida.
Solamente me cambia la cara cuando, queriendo evitar el paso, me tropiezo con tumbas con figuras de angelitos. No soporto el sufrimiento de un niño, la pena de un niño, la muerte de un niño. Y es una de las pocas cosas que me hace dudar de nuestra trascendencia. Y me gusta estar solo y hablar conmigo y con ellos en un diálogo imposible. Y quedo atrapado en el reclamo de las frases que están escritas solamente, creo yo equivocadamente, para llamarme la atención.
Y me ha hecho recordar esto que escribí hace años.
Me gusta pasear tranquilamente por los cementerios, detenerme a leer las lápidas, las dedicatorias, las fotografías que adornan las tumbas, todas iguales, todas diferentes. El fotógrafo debió hacer una fortuna a pesar de que el Photoshop es relativamente reciente. Hizo una foto de hombre y otra de mujer, les puso un marco ovalado y luego ligeros retoques, barba o gafas, pelo largo o corto, papel sepia y con algún retoque más, ya tenemos identificada a toda la parroquia.
Respiro paz y me invita a pensar en algo diferente a la rutina diaria. Incluso en cosas alegres y no es raro que acabe soltando una reprimida carcajada cuando doy rienda suelta a mi imaginación sin ánimo de faltar al respeto: No te olvidamos (y lo olvidaron una vez que cobraron la herencia; tu desconsolada esposa (que enseguida recobró el consuelo y la sonrisa con el vecino del bigotillo); tu fiel servidora (que solamente servía de suplente en los combates del tálamo) y en el epitafio revela un estatus social elevado; tus hijos y nietos…
Verdaderas obras de arte en algunos panteones y mausoleos de aristócratas y artistas de la farándula, que invitan a morirse para descansar eternamente en esos palacios mortuorios llenos de despojos (algunos ya lo eran antes de alojarse eternamente en ellos).
No me gusta nada, sin embargo, asistir a los entierros. Despedir para siempre a un ser querido es muy duro y más cuando uno ya está jugando la prórroga del partido de la vida.
Solamente me cambia la cara cuando, queriendo evitar el paso, me tropiezo con tumbas con figuras de angelitos. No soporto el sufrimiento de un niño, la pena de un niño, la muerte de un niño. Y es una de las pocas cosas que me hace dudar de nuestra trascendencia. Y me gusta estar solo y hablar conmigo y con ellos en un diálogo imposible. Y quedo atrapado en el reclamo de las frases que están escritas solamente, creo yo equivocadamente, para llamarme la atención.
